Hasta ese día, cogía el metrosur para ir a trabajar a Madrid. Normalmente el recorrido que hacía era: 
- cogía la Renfe en Fuenlabrada
- me bajaba en Leganés Central
- cogía el MetroSur
- me bajaba en "Puerta del Sur" en Alcorcón
- Cogía la línea 10
- me bajaba en Alonso Martinez.
Pero ese día, me levanté temprano y quise comprobar el tiempo que tardaba haciendo el recorrido en Cercanías, como lo había hecho siempre hasta que abrieron la línea de MetroSur, que no se si por novedad o por gilipollez, comencé a utilizar un tiempo atrás.
Pues bien, me senté en mi sitio habitual en el último vagón, en el último asiento de la derecha en el sentido de la marcha y justo situado en el pasillo.
Iba leyendo el periódico gratuito que cogí en la estación de Fuenlabrada, controlando los tiempos, sin sospechar que ese día iba a ser un día inolvidable.
El recorrido que debía hacer es Fuenlabrada - Atocha - Recoletos. Llegamos a Atocha. Me levanto del asiento. Me coloco detrás de toda la gente que se disponía a bajar del tren. De repente, veo un destello de luz azul, justo en el andén 1-2 (mi tren entraba en el 9-10). A continuación un gran estruendo. La gente recula y no quiere salir del tren. Otro nuevo destello azul, y otro gran ruido. Desde la ventanilla del tren, personas que corrían cerca del tren en el que acaban de estallar dos bombas, caen desplomados. En un principio, pensé, ¿por qué no corren?. En ese mismo instante, caí que pudo haberles cogido la onda expansiva y fulminarles. Cuando por fin, reaccionamos, empecé a gritar que había que salir del tren, y todos empezamos a salir del tren.
Al salir al andén, corrí hacia las vías, en sentido contrario a la estación. Mientras corría, llamé a Mati y le expliqué que yo estaba bien, pero que habían puesto bombas en un tren en Atocha. Atravesé todas las vías hasta llegar a la vía por la que pasó el tren que acababa de tener el atentado. Llegaba gente ensangrentada, sin ningún norte, idos, estupefactos, y los que acudimos allí, no nos imaginábamos la magnitud de lo ocurrido, ni por asomo.
De repente, la policía nos ordenó que nos marcháramos del lugar, pues se decía que había una tercera bomba y que aún no había estallado. Salí andando con cierta parsimonia, por el lateral de esa vía hacia la calle. De repente me acordé que mi padre a esas horas también cogía el tren. Estaba seguro que a él no le había pasado nada, pues el andén en el que estalló el tren no lo cogía, pero tenía que comunicarme con él para saber donde estaba. Mientras caminaba, me asomé por un muro en el que se podía ver el andén donde ocurrió el suceso, y se veía el tren con dos boquetes impresionantes en las puertas de acceso al tren y mucha gente tirada en el suelo en las inmediaciones de los boquetes. Me impresionó una barbaridad. Por fin consigo hablar con mi padre, le noté superacelerado. En ese instante, comienza la gente a correr, la inercia hace que todos los que íbamos andando tranquilamente, nos pongamos a correr como gamos. Entre tanto, consigo concretar un lugar con mi padre para vernos allí. En la puerta del Museo del Prado. Corrí hasta reventar, pero llegué.
El ver a mi padre (y eso que yo no soy muy cariñoso), fue una tranquilidad impresionante. Después de abrazarnos y casi saltar las lágrimas por la emoción contenida, me contó que se acercó a socorrer a gente y que cuando estaba ayudando junto con otras personas a sacar a personas del tren, vino la policía y les echó, obligándoles a dejar a la mujer que llevaban a cuestas en el suelo y que corrieran.
Ese día, volví a nacer. Si hubiera salido 5 minutos antes de casa, me hubiera posicionado en el andén donde ocurrieron las explosiones y probablemente me hubiera tocado el regalito. Yo suelo colocarme en la zona en donde explotó una de las bombas. De hecho, dos compañeros de trabajo se vieron afectados, uno murió y la otra le amputaron una pierna. La situación que viví yo, también la vivió otro compañero. Este si llegó a estar en el andén de la explosión y apunto de coger el tren siniestrado. Su suerte, que estaba en la cabecera del tren y allí no ocurrió nada.
Desde ese día, hasta que volví a coger un tren, pasó aproximadamente 1 año. Finalmente lo cogí porque entendía que tarde o temprano debía hacerlo. El trayecto fue corto, pero muy intenso, rememorando todo lo ocurrido, y buscando cualquier sospechoso de querer hacer daño, buscando mochilas, y comprobando que todo el que bajaba del tren se llevaba consigo todo lo que había subido.
Este fue mi particular 11M.
Sólo DESEO que estas barbaries no vuelvan a ocurrir. ¡VIVE Y DEJA VIVIR!
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